El divorcio y los hijos

   Quizás la única manera no banal de referirse al triángulo de M.;  Jose y Marta sea el abordar la tragedia que subyace bajo tanta inconsciencia . La punta del iceberg de la dolorosa herida inherente a toda separación apareció en diálogos telefónicos grabados que, en medio de la carnicería mediática, dan cuenta del clima emocional durísimo que embarga a una familia que no por ser dada a exhibirse deja de serlo, en particular porque hay niños que forman parte de ella.
No es novedad que muchas parejas de padres no logran encauzar sus impulsos de bronca, dolor, despecho, resentimiento, venganza y hasta intenso odio a la hora de vérselas con aquello que quedó de su hoy quebrado vínculo. Y no lo logran, más allá de que sepan que, al exteriorizar sus sentimientos, dañan a quienes dicen amar con todo el corazón: sus hijos.
No hace bien discutir, pelear con agresión y amenaza. Y peor es hacerlo con los hijos como testigos. Sin embargo, hoy en día muchas parejas se ven abrumadas por sus propios impulsos, que no pueden conducir sino que, por el contrario, se ven conducidos por ellos. Eso, en castellano, se llama inmadurez, o relaciones infantiles pasadas  sin elaborar,una epidemia generalizada de complejos orígenes.
No solamente los hijos del señor B. y la señora G. son los que sufren el desgarro de la violencia vivida dentro de la familia (porque los padres, aun separados, son igualmente familia), sino que también son víctimas de violencia los niños, que ven y escuchan esos mismos insultos reproducidos por los medios en todo horario, además de discusiones, malas intenciones , bajezas, perversidades, violencias y tantas cosas que se promueven mediáticamente como foco de interés, en el momento en el que se supone que los menores están protegidos.
Claro está que, cuando esa violencia la ejercen entre sí aquellos que están encargados de cuidar a sus hijos, lo trágico se profundiza, porque los hijos aman al padre y a la madre, y ponerlos en medio de una guerra de lealtades es desgarrarlos sin misericordia, en una edad en la que poco pueden hacer frente al desatino parental. Ellos, vale recordarlo, no pueden dividir su ADN, o dominar u omitir las  condiciones de adopción y es bueno recordar esa obviedad a la hora de la discusión entre quienes, aun separados, no dejan de ser una pareja parental. Algunas veces el odio tiene tanta intensidad que ya no se atiende a las necesidades de los menores, solo a los impulsos del propio narcisismo adulto.  Las proyecciones masivas sobre el otro descalificando o criticando destructivamente  con despiadada impunidad hacen que la ceguera aparte las necesidades reales de los menores, que desde hace mucho tiempo dejaron de ser, el real objetivo, para pasar a la lucha diaria de dos con una única  locura privada compartida.
Un valor conmovedor de los hijos es el de la lealtad a sus padres. Por eso, desgarrarlos entre dos lealtades abordadas como excluyentes es de las cosas más dañinas y crueles que se pueden hacer con los hijos, y las heridas que eso produce suelen ser hondas y dolorosas, de esas que demoran muchos años en poder ser cicatrizadas..

 posteado en el diario Página 12 de Buenos Aires

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies